sábado, 30 de junio de 2012

ABC filosófico (juego literario)



Por Fernando G. Toledo

Aristóteles buscó consuelo: Demócrito estaba filosofando gustoso. Husmeando, indagaría justamente Kant la metafísica, noúmeno (ñandú oculto) propuesto. Quedaba resolver serios temas últimos. Vendría Wittgenstein, xenófobo, y zarparía.

sábado, 9 de junio de 2012

El ejemplo de un «bendito maldito»

Spinoza, según Teamoth (DevianArt).


por Fernando G. Toledo

Van a admirarlo. Pero también a escupir sobre su tumba. Puede imaginarlo. El hombre que pule cristales en la Amsterdam del 1600 ya sabe de humillaciones, porque las ha vivido en carne propia. Ha recibido la que será, acaso, la más famosa de las maldiciones de la historia humana, una maldición tan cargada de veneno que aún puede impresionarnos. Una maldición, además, que muestra que cuanto hizo por «merecerla» iba a perdurar.

Se llama Baruch de Spinoza y su obra filosófica va a poner su nombre entre los más importantes de la historia del pensamiento. Mientras tanto subsiste limando vidrios para instrumentos ópticos. Ha nacido en 1632 en el seno de una familia judía de orígenes portugueses e hispanos y de joven ha brillado por su inteligencia, incluso en la sinagoga. Sin embargo, no es dado a la aceptación piadosa de las enseñanzas de esa religión ancestral que le ha dado un puesto socialmente destacado.

Baruch (llamado Bento o Benito entre los suyos, pero que firma sus escritos como Benedictus, o sea, «bendito») ha conocido los clásicos, admira la obra de Descartes y, además, ha estudiado con profundidad los libros sagrados. Y su razón lo lleva a proclamar cosas que van a incomodar. Por ejemplo, que gran parte de las historias que se narran en la Biblia son directamente míticas. Que los milagros no son posibles, pues las leyes naturales no se pueden contradecir. Que no vale la pena rezar. Que cunde la superstición. En fin, cosas que para la sinagoga que lo acoge resultan intolerables, ya que Spinoza no está dispuesto a ceder en su pensamiento.

Así que en el año judío 5416 (1656 de nuestra era), este «bendito» pensador, de obra aún incipiente, es llamado a la sinagoga para escuchar cómo lo expulsan de la misma y para oír de los labios de las autoridades religiosas una imprecación que vale la pena leer para entender su fortaleza anímica. La maldición dice así:

«Excomulgamos, maldecimos y separamos a Baruch de Spinoza, con el consentimiento de Dios bendito y de toda esta comunidad; (…) que sea maldito de día y maldito de noche; maldito cuando se acueste y cuando se levante; maldito cuando salga y cuando entre; que Dios no lo perdone; que su cólera y su furor se inflamen contra este hombre y traigan sobre él todas las maldiciones escritas en el libro de la Ley; que Dios borre su nombre del cielo y lo separe de todas las tribus de Israel (…). Nadie tenga trato con él, ni escrito ni hablado; nadie permanezca con él bajo el mismo techo y nadie lea lo por él escrito».

Había que ser un hombre fuerte para sobrevivir a ese «asesinato verbal», como lo llama Pablo da Silveira. Spinoza no sólo resistió, sino que se calzó la coraza de un hombre mesurado y minucioso que pulía cristales, pero hizo proclamas políticas, encarceló a un deudor y, sobre todo, escribió. Escribió libros fundamentales, como el Tratado teológico político (respuesta a aquella maldición, en la que se niegan los milagros, se cuestionan las Escrituras) y trazó una obra que se publicaría póstumamente y es hasta hoy una de las más admiradas: la Ética demostrada según el orden geométrico, en la que con el rigor de un geómetra dibuja los contornos de la realidad (a la que llama, curiosamente, Dios) y sus infinitos atributos. No por nada decían de él que era un «ateo que se llenaba la boca hablando de Dios».

Se cumplen pronto 380 años del nacimiento de este filósofo del que aun sin leerlo se puede tomar el ejemplo de su firmeza y generosidad (las más altas virtudes éticas). Quienes no lo lean, además, pueden al menos leer alguno de los dos sonetos que le dedicó nuestro Jorge Luis Borges e imaginarlo como él lo imaginó en estos versos tan ajustados:

«No lo turba la fama, ese reflejo
De sueños en el sueño de otro espejo,
Ni el temeroso amor de las doncellas.
Libre de la metáfora y del mito
Labra un arduo cristal: el infinito
Mapa de Aquel que es todas sus estrellas».

  Columna de la serie In Medias Res, publicada originalmente en Diario Uno de Mendoza.

miércoles, 6 de junio de 2012

In memoriam Ray Bradbury (1920-2012)

Ray Bradbury.


por Fernando G. Toledo

El sonido de un trueno es quizá una de las fuentes más primigenias de las cuales comenzamos a beber la certeza de que la vida está llena de enigmas. Lleno el mundo de retazos por coser, lleno el saber de mares de ignorancia. Repleta la luz de cegadora oscuridad. El sonido de un trueno lanza su pesada lápida después de un fogonazo que nos sorprende con los ojos desnudos, nos invade, nos infecta de insomnio a la espera de otro nuevo estruendo en la penumbra insoportable.

El sonido de un trueno nos queda, desde que nos llegan él y las posteriores explicaciones que quieren mitigar su poder de espanto, nos queda, pues, como una marca de fuego en lo que miramos de reojo. Por eso hallar su invocación, a través del nombre de un relato que se nos pasa, en plena adolescencia, por delante, resucita aquellos monstruos despiadados que nos hicieron temblar una vez. Es decir, para siempre.

Pero otras huellas han de quedar si somos nosotros los que nos sumergimos en El sonido de un trueno, que ya encabeza las palabras del cuento que emprendemos en una revista generosa que quiere traernos a los-grandes-escritores-que-debemos-leer. «Ray Bradbury» dice la firma y ese nombre que resuena también como un eco de algún lado (en algún otro libro que se nos ha cruzado ha de estar, o quizá en esa serie de TV que sorprende en alguna noche de verano), también ha de quedarnos.

El sonido de un trueno puede ser, así, quizá, nuestro primer registro consciente y maduro de lo que representa tratar con lo irremediable. Borges, pocos años después, ha de dejar también resonando en nosotros una línea magnífica de uno de sus relatos de oro:. «el ejecutor de una empresa atroz debe imaginar que ya la ha cumplido, debe imponerse un porvenir que sea irrevocable como el pasado». Pero, antes, Bradbury ha ofrecido el revés de esa especie de imperativo categórico. Nos ha sugerido en ese cuento que habla de algo tan primigenio como el tronar del cielo, que si revocarse el pasado pudiera, también subvertiremos lo que supimos conocer como presente, también abriremos nervaduras infinitas, con la fuerza de un relámpago, en cualquier futuro que sea previsto como tal. No hace falta, siquiera, la potencia eléctrica de un meteoro aterrador, dice Bradbury. Basta con salirse del camino preciso y sutilmente calculado, basta con desobedecer como un turista curioso todas las recomendaciones y poner el pie por fuera de la senda resguardada. Allí habrá, aunque no hayamos visto su emblemática hermosura, una mariposa. Y cuando quede aplastada por nuestro incauto pie, seremos nosotros la tormenta y el quebranto del tiempo, como lo somos siempre aun sin saberlo. Seremos una pieza que vuelca otra y esta, a su vez, otra más, en un dominó de irrefrenable caída.

 Ese relato (parte de su libro Las doradas manzanas del sol) es lo primero que leí de Bradbury. Me permitió entender, para siempre, de qué va un viaje en el tiempo, ese juguete fantástico con el que tantos han jugado, teóricos incluidos. Me permitió beber un poco de su lírica sutil, que va llevándonos por el relato como si este no importara. Me invitó a otras obras, a otros truenos inolvidables: los terrestres que desde Marte ven la Tierra estallar, los que lloran al ver arder un libro sabiendo todo lo que se pierde. Me permitió seguir leyendo, al fin, admirar su nombre, estar atento a la sorpresa que representó su libro de poemas (de él, que intercalaba poesía en cada línea de su narrativa). Me llevó a la reverencia admirada cada vez que se pronunciaba su nombre. Ray Bradbury acaba de morir. Pero él ya había pisado la senda de mi camino de lecturas y el sonido de un trueno parece oírse, todavía, mientras escribo estas palabras que podrían no haber sido escritas, pero que aquí están trazadas porque quieren ser, sólo en su honor, irrevocables.

lunes, 4 de junio de 2012

Prensa

Noticias sobre sus libros:


La belleza de la espera


Por Claudia Masin

«El tránsito es a la distancia / Lo mismo que la palabra al silencio» escribe Fernando G. Toleden uno de los poemas de este libro. El viaje será entonces un modo de intentar asir lo inasible, un movimiento pleno de «furor» e «inutilidad», como escribe Antonio Gamoneda en la cita que cierra la obra. Una travesía cuyos puntos de llegada y de partida son espejismos que dejan al viajero detenido en una tierra de nadie en la que confluye el ansia de lo que va a venir con el desencanto de lo que ya no está. Como si hubiera un tiempo suspendido, una historia que no ha dejado nunca de suceder, con la cual no podemos entrar en contacto jamás, excepto –tal vez– en ese viaje inmóvil de la escritura, donde es posible recuperar lo perdido aunque sólo sea para volverlo a perder: «Debo andar Debo buscarte Escribir: / Debo perderte esta noche de nuevo».
Fernando G. Toledo nos muestra en estos poemas que hay una belleza que crece más allá del apego y la avidez, de todo intento de posesión y de conquista: la pura belleza de la espera. Nos dice que hay una manera de viajar que consiste en quedarse quieto y dejar que el universo mismo se acerque: dejar de buscar para que –entonces sí– lo que tenga que aparecer, aparezca.
Vive en esa idea toda una concepción de la escritura poética: ya no se trata de una acción sobre el lenguaje, sino de una paciencia que es capaz de soportar la inmovilidad y el silencio hasta fusionarse con aquello que la toca y la conmueve. La poesía sería, ella misma, esa espera, ese viaje inmóvil donde finalmente sucede el encuentro imposible, la confluencia que –como un fogonazo– da su luz y se retira, pero antes de apagarse irradia en los poemas ese«resplandor de las cosas / A las que ya no se puede llegar».
Viajero inmóvil, como todo libro extraordinario, es eso: el lugar al que se llega después de mucha paciencia, y en el que se vive con la delicadeza de quien sabe que el misterio de las cosas, de los otros, de nosotros mismos, no es un destino que pueda ser alcanzado sino una intensidad, un halo que nos ronda desde siempre pero que sin embargo sólo a veces –muy raramente– se nos revela.


Marzo de 2009

(Prólogo al libro Viajero inmóvil, 2009)

Uno de los mejores libros


(Toledo) es un poetazo. Y Hotel Alejamiento es uno de los mejores libros de poesía que se han editado en Mendoza en los últimos años.

Julio Rudman, en El candil (Radio Nihuil, setiembre de 1998)

Gracias por tus libros


Por Rodolfo Braceli (*)

Fernando, buen día. Gracias por tus libros. Por permitirme compartir tu ardua pulseada entre el lenguaje y el silencio. A tus libros los tengo en el sitio de la biblioteca en el que sólo late poesía. Adentro de los poemas, a veces se suelen esconder poemas absolutos (…).

(*) Carta personal al autor, 16/10/2003.

Transparencia y lucidez


Por José Luis Menéndez (*)

Poesía reconcentrada y filosa, que no admite distracciones ni prisa. Lo mismo que si fueran alfileres ocultos en el almohadón de una silla, los poemas de este libro se juntan, con todo disimulo, metidos entre hojas pequeñísimas, austeros de extensión, leves de carga, para turbar la paz de los lectores desprevenidos. Este Diapasón resulta, pues, inaccesible sin una predisposición al esfuerzo recreativo y al propio compromiso de quienes hayan de leerlo, porque sus cuerdas producen muy pocos acordes consabidos o neutros, muy pocos versos obedientes al mandato de los sonidos que ya se conocen de memoria. Cada poema contiene, por el contrario, una nueva sorpresa, una revelación lúdicamente escondida.
Se trata, además, de un libro bien demostrativo de los nuevos conceptos que hoy inciden con intensidad dentro del género. Poetas anteriores lo han sido con la idea de que escribían por algo y para algo. Hoy tal cosa parece innecesaria. No para que la poesía se calle (aunque se nutra de silencios) sino para que puje y se disperse (aun como en Toledo, con giros de aparente inocencia) hacia otras búsquedas y otras insinuaciones. Súbitamente, un poeta joven y cercano protesta contra quienes, desde grandes sitiales, han escritos para otros “las cosas que él necesitaba”, y lo han puesto en un tiempo que “no le pertenece”. Siente, por lo tanto, el hecho de escribir como una vía para su inserción en un espacio que todavía no existe. Y entonces, con la naturalidad de quien mira cada soledad desde la suya, de quien contempla simplemente la hierba, pero hasta enverdecerse los ojos, Fernando escribe desde la Nada, sabiendo, además, que lo hace casi seguramente para Ninguno. Su poesía, adquiere, de tal modo, una transparencia exquisita. Y se instala en el plano que sugiere uno de sus referentes visibles: Issa, el gran maestro del haiku: “En este mundo, encima del infierno, viendo las flores”. Dicho de otro modo: una poética indiferente a la vaciedad de las salas, incrédula de las propias palabras como constructoras de virtud, pero consciente de que basta que un cuerpo se desnude para que recobre su forma verdadera. Acosada, en suma, por grandes dudas ontológicas, pero serena y digna.
El poeta se apoya, en su camino, sobre una palabra tutelar, una especie de piedra que se llama silencio, y que paradojalmente libera en su caída otras palabras –efímeras y dudosamente necesarias, pero inevitables– en el agua del poema. Deducir entonces: la poesía que nunca habrá de ser oída, es silencio. Un silencio barroco, pesado. Pero nunca vacío sino interrogador. No el silencio del cual “se parte”, como un gran desconocimiento originario, sino el silencio del futuro, es decir, aquél adonde “se llega” luego de probarlo todo. El llanto de un bebé –“ese gesto aún sin domar de la especie”, como dice el mismo Toledo– que algún día habrá de transformarse en el eco de todas las palabras que han trazado su olvido. Una fervorosa desazón, o el hombre que un día se vuelve incapaz de reconocerse. Obra, en fin, provocativa y coherente, estructurada desde una vigilia racional, y resuelta sin artificios ni vacilaciones. Escrita con el mismo encanto de quienes van dejando de nombrar las cosas, por primera vez.

Publicado en Diario Uno.

Fernando Toledo: promesas del recienvenido


Por José Luis Menéndez (*)

Hotel Alejamiento (editorial Diógenes), de Fernando G. Toledo.

¿De dónde se aleja un joven de 24 años, de qué hotel abandonado como si fuera el último? Por momentos pensamos: “Se aleja del silencio”. “Se aleja de lo que hace dudar, de lo que hace volar el verso entre preguntas y comparaciones”. “Se aleja del mal”. Pero sucede que nunca se aleja demasiado. El silencio, nos dice, “es lo que atrae los cuerpos”. Sus movimientos, conducidos por una pluma llena de certidumbre, acaban en una cita de Cioran: “haga lo que haga, siempre cuenta para mí lo que no he hecho”. Es decir, aun con el decir seguro, llegamos a una ambivalencia esencial. ¿Y el mal? ¿No es también un contra-deseo motriz? El poeta, por tanto, se orienta al horizonte, pero sintiendo el pulso y la carga de todo lo inmediato. Toledo es una historia capaz de reiniciarse. O al revés: un ausente de las vueltas en círculo y de los laberintos clausurados. Por eso puede nombrar a Prometeo o beber, si es preciso, en el Edén, veneno de serpiente. Puede afirmar: “Un paraíso sin salida es una cárcel”. Y defender que somos, inevitablemente, “la necesidad”, aunque nunca vayamos a saciarla.

(*) Publicado en Los Andes, el 31/1/1999.

Intuición poética y síntesis


Por Andrés Cáceres (*)

El pequeño libro de poesía Hotel Alejamiento –pequeño formato, pocos versos– llama doblemente la atención, en estos tiempos paradojales para la escritura: dificultad para publicar y avalancha de textos, la mayoría prescindibles.
Llama la atención porque hay denso contenido y porque el autor, Fernando Toledo, con veinticuatro años, debuta en el formato libro.
Sus poemas tienen el rasgo distintivos de las primeras obras: están escritos más para sí mismos que para los otros.
Contrariamente, traslucen una fuerte personalidad, una voz meditativa y lacerante, un decir que cromatiza tiernamente los hilos del escepticismo.
Toledo tiene todo el fervor y la utopía que convoca la juventud y al mismo tiempo la mirada poética, que ve el mundo del revés, al trasluz y por eso le descubre aristas que se nos qeudaban ocultas tras las persians de lo urgente y de lo cotidiano.
Ciertamente, algunos de sus poemas están cerrados a cualquier intento de penetración lógica. Sólo la vía intuitiva permite el ingreso pero no se trata de un cerramiento consciente, sino, por el contrario, de una sonda hacia lo inasible: “Hemos volcado / Sobre los granos de las horas / Y hoy rasgaron el agua / Para que escribamos”.
El tono predominante de sus versos, elegíacos, intimistas, es sereno. Pero de una serenidad esencial, la que surge del despojamiento del ropaje que impide ver a la poesía en todo su esplendor y su pobreza: “Se peina como en un manual de instrucciones / Arremete musical / Desnuda es maldita como un iceberg / Yace de mí salpicada / El horizonte / Entendemos / Es un deseo recostado // Ahora somos dos animales sin sus ansias / Somos dos revólveres disparados / Somos / Entendemos / Una raza sencilla / Y el cielo está aquí con nosotros / Entre las sábanas”.
A diferencia de la mayor parte de los primeros libros, Hotel Alejamiento es un acierto de juventud: está escrito con una autenticidad y la necesaria cuota de talento para las letras. Citamos su “Identikit”, para ejemplificar sobre la intución poética contenida en su mejor expresión: “Una espada / Forjándose / Con la sangre / A derramar”.
Hotel Alejamiento forma parte de la colección La Mesita de Luz, que publica editorial Diógenes bajo la dirección de Rubén Valle. Su autor, Fernando Toledo, cursó estudios de licenciatura en Comunicación Social y ejerce el periodismo desde los diecinueve años.
Actualmente se despempeña como redactor, editor de espectáculos y crítico de cine en el diario Uno y es redactor y crítico de la revista Ubu-Todo teatro. Este año obtuvo mención en el certamen literario Vendimia.

(*) Publicado en Los Andes, el 6/12/1998.

Solapa de Hotel Alejamiento


Por José Luis Mangieri (*)

Fernando G. Toledo nació en 1974, es decir, a la fecha cuenta con insolentes 24 años. Éste es su primer libro, cuyo título Hotel Alejamiento yo corregí automáticamente poniendo una “o” donde iba una “e”. Problemas de generación, por supuesto. Título exacto para este libro del extrañamiento. Toledo toma siempre distancia, aunque escribe siempre desde adentro. No hay paisaje, no hay geografía. Sólo uno o dos sujetos humanos, a lo más. Él y el otro femenino. De los que irrumpe una erótica poderosa: “Lamías mi sexo con avidez / El atardecer ahuyentaba muertes y fantasmas / De un modo u otro / Tu saliva se parecía / A la lluvia que mañana iba a caer sobre el pasto”. Y está el Toledo que (se) describe, que se extraña, que se hace un observador impiadoso pero que nunca está afuera. Nunca detrás de un vidrio. Estira la mano y toca, aunque él ya sabe que va a doler: “Frota el viento a la Tierra / Como a la lámpara de Aladino / Todo es en vano: / Arriba está el cielo / Abajo no hay un mísero deseo cumplido”.
Los ’90 están dando una generación poética con voz firme y propia. Lo comprobamos en Buenos Aires con los “perritos de ceniza” de que habla Fabián Casas. Reconforta conocer otras voces jóvenes que se van sumando a pesar de la distancia, maldición argentina. Hace un todo imposible de sortear. La poesía, siempre lo digo, es el género de la resistencia contra la fealdad del mundo. Bienvenido este nuevo resistente.


(*) Poeta y editor. Creador de las legendarias editoriales La Rosa Blindada y Libros de Tierra Firme

Galería 2

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Fernando G. Toledo (foto de Camila Toledo)


Fernando G. Toledo (foto de Camila Toledo)

Fernando G. Toledo (foto de Camila Toledo).


Fernando G. Toledo (foto de Romina Arrarás).

Fernando G. Toledo (foto de Romina Arrarás).



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